La Santa de Ámsterdam [CRÓNICA]

Testimonio de Madeleine, acerca de la prostitución formal en Países Bajos. La carne tiene un costo; la vida, también.

Escrito por Marcos Cancho

Madeleine Janseen saluda al cliente con el que tuvo sexo ayer. Después de unos segundos, seguimos caminando, por las calles de Ámsterdam. Francesa, tiene 25 años y 2 hijos -a ambos los tuvo antes de empezar a dedicarse a la prostitución-. Con la mano derecha sostiene un espejo pequeño, y en la otra, lleva un trozo de papel con el que se quita el exceso de labial. Sus pasos son rápidos. Ya es tarde y aún no llega al trabajo.

-Las putas también somos trabajadoras, y como en cualquier labor, nosotras merecemos respeto. Ayer un desgraciado quiso grabarme, a pesar que sabía que está prohibido. Se fue con un corte en la cara -me dice, con la naturalidad de quien habla de una noche más de labor.

Por las calles de Ámsterdam, no hay nada que llame más la atención de los turistas, que el vecindario donde la prostitución es formal. El “Barrio Rojo” es el paraíso de carne donde puedes escoger, entre todas las mujeres que están expuestas en vitrinas -guiñando los ojos, mordiéndose los labios y bailando sensualmente-, con cuál tener unos minutos de pecado. Ellas saben que, si las contratan, la cartera pesará más. Ese es su trabajo. Bien lo dijo Jesús: “Te ganarás el pan con el sudor de la frente”.

-Llevo regular tiempo en esto. Gran parte de las cosas que tenemos en el departamento las compré con el dinero de los clientes.

Madeleine y su marido llevan casados 5 años. Ambos tienen una relación estable, a pesar que él conoce el trabajo de su esposa. Como Madeleine, más del 70% de mujeres que ejercen la prostitución en Países Bajos, tienen un hogar.

-Ser prostituta es difícil. Al menos, aquí. Para ser trabajadora sexual debes tener más de 21 años, tener pasaporte europeo y estar inscrita en la Cámara de Comercio. Son requisitos indispensables. No es cuestión de trabajar y cobrar; además, también se paga impuestos -me dice, aminorando el paso-. No es tan fácil.

En cada burdel del “Barrio Rojo”, el administrador es quien se encarga de alquilarle a las trabajadoras sexuales las vitrinas para que se ofrezcan, y los cuartos que luego utilizarán con los clientes. Además, se encargan de brindarles seguridad, pues en cada cuarto hay una cámara que monitorea las 24 horas. Si algo indebido ocurre, el administrador puede interrumpir sin ningún reparo. Él es el guardián de su burdel. Él es Dios en el paraíso de carne.

Madeleine se detiene a la altura de una estatua de bronce, ubicada frente al Barrio Rojo. La obra se llama “Belle”, y muestra a una mujer segura de sí misma, con la mirada al cielo y las manos en la cadera, tras una vitrina. La obra fue realizada por Els Riierse, en 2007, y rinde homenaje a todas las prostitutas del mundo.

-Todas las tardes, antes de empezar la jornada, froto mi mano en su rostro -me dice, señalando a “Belle”-. Siento que es mi amuleto.

“Belle”, ubicada en Ámsterdam, Países Bajos.

La estatua, que tiene la inscripción “Respeto a las trabajadoras del sexo en todo el mundo”, está frente a la iglesia Eude Kerk. Lo que en otros lugares sería una aberración, en Países Bajos es una realidad. Al paraíso se puede llegar de dos formas, depende de cada uno escoger el camino.

-Bueno, ya tengo que trabajar. Nos vemos pronto -me dice, haciendo un guiño travieso.

Madeleine se despide, con el erotismo que solo una trabajadora sexual del “Barrio Rojo” puede tener. Se dirige al burdel donde trabaja desde hace dos años. Sus pasos, cortos y lentos, pareciera que invitaran a seguirla. Finalmente, se pierde tras la puerta principal. Me fijo en mi cartera, y cuento con 70 euros.  La sigo, sin llamar su atención, e ingreso al local. Aún hay algunas preguntas que no le he hecho.

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