El hombre de las múltiples vidas [CRÓNICA]

Roberto Gómez Bolaños tuvo más vidas que un gato. Lo increíble es que jamás descuido ninguna, como si todas hubiesen estado arraigadas a él, en lo más profundo de su ADN.

Escribe: Marcos Cancho

Roberto Gómez Bolaños nació con sangre de artista. México engendró a su genio de la comicidad el 21 de febrero de 1929, hace 91 años. Su madre, Elsa Bolaños Cacho, fue secretaria bilingüe; mientras que su padre, Francisco Gómez Linares, fue pintor, dibujante e ilustrador. Desgraciadamente, por jugarretas crueles del destino, ninguno de ellos pudo verlo brillar.

Inició su carrera profesional como creativo publicitario, durante la década de 1950, haciendo de guionista para radio y televisión. A su pasión por escribir se le sumó la actuación, en 1960, cuando participó en “Dos criados malcriados”. Para ese entonces -sin que él lo supiera- ya estaban construidos los pilares de su fortaleza, esa que lo convertiría en inmortal para todo el mundo.

Fue en el año 1970 que se dio el lujo de vivir su primera vida extra. Nació “El Chapulín Colorado” -un súper héroe rojo capaz de enfrentar sus miedos, a pesar de no tener poderes especiales-, como un sketch del programa televisivo, “Chespirito”. Un año después, sumó otra identidad. Esta vez fue “El Chavo del Ocho” -un muchacho pobre que tenía un corazón noble-, perteneciente también al mismo programa. A estos dos, les siguieron muchos más, con el pasar del tiempo. Los años no mellaban en el genio. El calendario avanzaba y él conservaba su genialidad.

Ya en 1973, toda América Latina sabía de las múltiples identidades de Gómez Bolaños. Y no solo las conocía, las disfrutaba. Irremediablemente, la locura se hizo aún más grande, pues, tres años después, el rating en México para ambos programas, oscilaba entre los 55 y 60 puntos. Había hecho un imperio de su arte. El arte de hacer reír.

La pasión con la que interpretaba a El Chavo, El Chapulín Colorado, el Chómpiras, el Doctor Chapatín, entre otros, lo hicieron ícono de la infancia de muchos. Como todo ladrón de identidades, sabía cómo conservar su personaje, hasta que la cámara dejara de apuntarle. Fue, y es, el impostor más querido de Hispanoamérica.

Roberto Gómez Bolaños falleció el 28 de noviembre de 2014, a los 85 años. Partió en su natal México, debido a una insuficiencia cardíaca. El mismo corazón que, al latir, le dio vida no solo a él, sino a todas sus creaciones, se puso rebelde y se negó a continuar. Si le preguntáramos por qué lo hizo, lo más probable es que nos responda que “fue sin querer queriendo”, y le creeríamos, porque nadie hubiese querido hacerlo.

“Chespirito” se despidió, entre aplausos y homenajes, entre llantos y recuerdos. Se escapó del teatro cual actor fantasma que se niega a quedarse hasta el final de la función, porque sabe que ya interpretó a la perfección su papel. Sin embargo, sigue vivo en nuestros recuerdos y en nuestro televisor, como todas las leyendas. Fue tan genio que supo cómo hacerse inmortal, tomando al arte de hacer reír como su aliado. Siempre tuvo razón. No contábamos con su astucia.  

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