El gol anulado que costó 328 vidas [CRÓNICA]

La locura del hincha que celebra un gol, es incomparable. Es poderosa. Es incontenible. Pero -y atención con esto- sigue siendo locura.

Escribe: Marcos Cancho

Ocurrió en Perú. El 24 de mayo de 1964, el Estadio Nacional acogía -entre brasas- el duelo entre Perú y Argentina, por la final clasificatoria para las Olimpiadas de Tokio sub-20. La asistencia oficial fue de 47 197 hinchas. La locura se apoderó de las cifras y de las tribunas.

La escuadra blanquirroja -que registraba dos victorias y un empate en lo que iba del torneo- estuvo conformado por Barrantes (arquero); Guerrero, Castillo, Chumpitaz y Sánchez (defensas); Lara, Rodríguez y Zavala (volantes); Cassaretto, La Rosa y Víctor ‘Kilo’ Lobatón (delanteros); mientras que la visita -que había ganado sus cuatro partidos anteriores- mandaba al ruedo a Cejas, Morales, Bertolotti, Sesana, Mori, Perfumo, Pérez, Malleo, Dominguez, Ochoa y Manfredi. Veintidós hijos del balón con fuego en los ojos y el mentón elevado. Se percibía la adrenalina, principalmente en la hinchada peruana, que sabía que ese duelo definía la permanencia de Perú en el torneo. Era vivir o morir. A las 3:30 de la tarde, bajo un sofocante manto solar, se dio inicio a lo que muchos consideran la mayor tragedia en un estadio de fútbol de todos los tiempos.

La primera mitad fue bastante intensa, con ocasiones para ambos lados, pero sin goles. Y como dijo el recordado Di Stéfano: “un partido sin goles es como un domingo sin sol”, así fue. Como atisbando lo que se venía, al término de los 45 minutos, el sol desapareció, dando espacio para la oscuridad. El marcador se abrió a los 63 minutos, cuando el argentino, Manfredi, anotó de media vuelta y puso arriba a su selección, silenciando el coliseo. Tras el gol, el equipo visitante decidió replegarse, buscando cuidar la ventaja. Sin embargo, el planteamiento que propusieron no fue suficiente. A los 84 minutos, Lobatón aprovechó un mal despeje y anotó la paridad. El Estadio Nacional, cual corazón, vibraba, retumbaba, latía al ritmo de la esperanza. Las gradas cobraron vida. Las lagrimas corrían cual ríos, formando su propio cauce en las mejillas peruanas, rojas de emoción. Perú estaba empatando con la poderosa Argentina, que se había mantenido invicta en el torneo hasta ese entonces. Sin embargo, el árbitro anuló la anotación, a pesar de haber estado a más de 20 metros de la acción. Esto dio inicio al pandemonio. Los aficionados no podían creerlo: no solo seguía perdiendo Perú, ellos también habían perdido la cordura.

Un hincha saltó la valla de protección e ingresó al campo con el objetivo de agredir al colegiado. La policía logró detenerlo, pero la situación se complicó cuando el público comenzó a lanzar cojines y diversos objetos a la cancha, en señal de protesta. A pesar de la situación, el cuerpo policial pudo contener momentáneamente la desazón de la barra, reanudándose así el juego. Lamentablemente, minutos después, otro hincha, colérico, seguro de que el gol había sido legítimo, se lanzó al campo. Un teniente de la policía tuvo que reducirlo. Fue ahí cuando el árbitro decidió finalizar el compromiso, alegando que primero estaba su seguridad. Los hinchas, mucho más coléricos, empezaron a lanzar piedras, botellas y hasta sillas. La policía, que había perdido el control, soltó a los perros y lanzó bombas lacrimógenas a las tribunas populares. El humo se apoderó del estadio. Se dispersó entre culpables e inocentes. Los cubrió. Los asfixió. La muchedumbre luchaba por salir. Investigaciones posteriores determinarían que casi todas las salidas de la tribuna norte fueron cerradas por los propios policías, quienes esperaron que así la gente volviera a sus asientos y mantuviera la calma. Debido a la negligencia, esa fue la única tribuna en la que hubieron fallecidos. Cientos de personas murieron aplastadas y ahogadas. La fiesta acabó de la peor manera.

El caos también se apoderó de los alrededores del recinto deportivo. Se registraron oficinas incendiadas, saqueos y enfrentamientos entre hinchas y policías. La tragedia fue tan grande que todas las clínicas y centros hospitalarios del centro de Lima tuvieron que auxiliar a los más de 800 afectados. La capital se paralizó. La crudeza del episodio quedó, imborrable, para todos los implicados.

La identificación de los cadáveres inició a las 8 de la noche. El fatídico 24 de mayo de 1964 murieron 328 personas y 500 resultaron heridas. Fernando Belaunde Terry, presidente del Perú en ese entonces, decretó siete días de duelo nacional. La pelota se había manchado. Y lo que es peor aún: se había manchado con sangre.

Dos días después, la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) capturó a Víctor Vásquez Campos (29), alias ‘Negro bomba’, quien fue sindicado como el hombre que, al meterse en la cancha, originó la tragedia.

Finalmente, el duelo fue suspendido, dejando como ganador a Argentina, por la mínima diferencia. El campeonato preolímpico también fue suspendido, y ya que la “Albiceleste” se encontraba en el primer puesto de la tabla de posiciones hasta antes que sucediera la tragedia, se decidió otorgarle el título de campeón y, por ende, el cupo disputado.

Ya en los Juegos Olímpicos de Tokio, Argentina caería eliminada en fase de grupos, tras quedar tercera con solo un punto.

Siete años después de la tragedia, el comandante de la policía, Jorge de Azambuja, sería declarado culpable del atentado por dar la orden de lanzar bombas lacrimógenas a las tribunas.

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