“Algún día nos habremos de encontrar” [CRÓNICA]

Entendimos que la gloria es amiga íntima de la derrota. Para conocer a la primera, es inevitable conocer antes a la última.

Escrito por Marcos Cancho

Perú llegó a la final de la Copa América 2019 como un superhéroe llega al final de la película: magullado y amado. La Selección a la que el mundo daba por muerta después de la masacre en fase de grupos (5-0 ante Brasil), estaba en la final. Latinoamérica nos apoyaba, quería vernos campeonar. Nosotros mandamos al diablo a las casas de apuestas. Ni Argentina, ni Colombia, ni Chile. En la final estaba Perú, el país que no contaba con estrellas de talla mundial, el país que esperó 36 años para volver a la máxima fiesta del fútbol.

El trámite del duelo fue el de cualquier selección que lucha contra la pentacampeona del mundo. Brasil tenía a su favor la localía, la historia y hasta a Jesús (Gabriel). Perú contaba con sus ganas de adueñarse del guion y con los hinchas incondicionales que nunca dejaron de alentar. El combate del 07 de julio del 2019 solo era apto para héroes.

Es conocido el resultado. Imborrable. Irremplazable. Perdimos 3 a 1. El primero lo pusieron ellos a los 15’ de empezado el duelo, con anotación de Everton. Lo empatamos a los 43 minutos, con gol de penal de Paolo Guerrero, que le arrebató la imbatibilidad a Alisson. Pero Dios fue peruano por solo 5 minutos, porque a los 48’ Gabriel Jesús le devolvió la ventaja a la “Verdeamarela”. Ya en el suspiro del encuentro, el árbitro chileno Roberto Tobar, imitando fielmente al mago Houdin, sacó del sombrero un penal a favor de Brasil, que acabaría con nuestras ilusiones. Fin del partido. Subcampeones. El Carnaval de Río se armó en El Maracaná. Perú no estaba invitado. El “Tigre” Gareca salía de la zona técnica para consolar al equipo y enseñarles a lamerse las heridas, como hacen los felinos. Pasillo de Brasil a Perú. Palmas. Desazón. Algo se escuchaba en la mente de los peruanos. Revancha. Revancha. Revancha.

Esa tarde (y noche) lloré sin consuelo. Hoy, un año después, me complace repetir el duelo y notar la actitud del equipo al terminar los 90 minutos. Ver el ceño fruncido de Guerrero y escuchar la voz quebrada de Advíncula me convence que iremos por revancha. El segundo lugar no sabe a mucho cuando sabes que pudiste alcanzar el primero. Nos sentimos capaces de ganar, por eso nos dolió tanto perder. Hoy, un año después, suelo reproducir el partido completo mientras escucho “Piedras Rodantes”, mi canción favorita de El Tri, esa que dice así: “Las piedras rodando se encuentran, y tú y yo algún día nos habremos de encontrar…”

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